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Daniela Solera: de caminar 8 kilómetros para entrenar a atajarle un penal a España en un Mundial

Daniela Solera: de caminar 8 kilómetros para entrenar a atajarle un penal a España en un Mundial

Antes de siquiera nacer, Daniela Solera ya estaba dando señales de que su vida sería el futbol. Su mamá solía decir que antes de nacer “pateaba como niño” dentro del vientre, sin imaginar que ese movimiento anticipaba una historia marcada por el balompié, la resistencia y una mentalidad que nunca entendió de límites. Creció en Alajuela rodeada de balones, de hermanos mayores y de un entorno donde el juego no era una opción, era parte del día a día, una constante que no necesitaba explicación porque simplemente estaba ahí, en cada rincón de su infancia.

“Mi amor por el fútbol yo creo que desde que nací… mi mamá siempre decía que le pateaba como niño, crecí rodeada de mis hermanos, de mis primos, siempre con un balón en la casa, entonces no te podría decir un inicio porque el fútbol siempre estuvo en mi vida.”, dijo en entrevista exclusiva con Espartanas MX. 

Pero no todo fue sencillo desde el principio. Aunque el balón ya formaba parte de su identidad, hubo momentos en los que el entorno le cerró puertas, como cuando en la escuela no le permitían jugar por miedo a que se lastimara.

Sin embargo, Daniela encontró una grieta por donde entrar, un momento que, sin exagerar, terminó marcando su destino. Un día, un niño faltó al partido, nadie quiso ponerse en la portería y ella levantó la mano, sin saber que ese acto espontáneo la colocaría exactamente en el lugar donde debía estar.

“Un niño se enfermó y nadie quería ponerse en la portería… yo me puse, tenía como nueve años, ahí me vio un visor, pero en ese momento no me dejaron ir, pero creo que ese día fue cuando todo empezó a cambiar para mí.”

A los 12 años llegó a Alajuelense, el club que terminaría por darle estructura a ese talento que ya venía formándose desde la intuición y la calle. Ahí inició un proceso completo por todas las categorías, desde fuerzas básicas hasta primera división, pero detrás de ese crecimiento había una historia mucho menos visible, una que no aparece en estadísticas ni en tablas, pero que define carreras.

Daniela estudiaba jornadas completas, salía corriendo para entrenar, tomaba varios autobuses y, en ocasiones, caminaba kilómetros para regresar a casa, sosteniendo un sueño que todavía no tenía garantías.

“Yo estudiaba de siete de la mañana a cinco de la tarde, tenía que salir antes para ir a entrenar, agarrar dos buses y a veces caminar hasta ocho kilómetros para regresar a mi casa, y todo eso sin apoyo económico, todo lo costeaban mis papás.”

Ese contexto pudo haber sido suficiente para rendirse, pero en su caso funcionó al revés. Mientras más complicado se volvía el camino, más fuerte era su convicción. Incluso fuera de la cancha, Daniela hacía lo necesario para sostener su proceso, trabajando en lo que fuera posible para ayudar en casa y seguir persiguiendo un objetivo que muchos consideraban inalcanzable.

“Yo cogía café, pintaba uñas, cortaba pelo… hacía de todo para ayudarle a mi mamá y poder tener dinero para los pasajes y poder ir a entrenar, porque en ese momento no había apoyo.” 

En medio de ese entorno, también llegaron frases que pudieron haberla frenado, pero que terminaron convirtiéndose en gasolina.

“Siempre me decían que una mujer no podía vivir del fútbol, y yo buscaba ese sí, demostrar que sí se podía… incluso una vez un entrenador me dijo que nunca iba a llegar a nada y yo le respondí que algún día me iba a ver en la tele.”

El punto de quiebre llegó con su salida a Colombia, cuando Atlético Huila le abrió las puertas a su primera experiencia profesional. Ahí no solo encontró estabilidad deportiva, encontró también un escenario donde su talento podía competir a nivel internacional. Lo que vino después fue histórico: en 2018, Solera se convirtió en campeona de la Copa Libertadores, siendo además protagonista en la final, en una noche que redefinió su carrera y su lugar en el fútbol de la región.

“Con Huila gané todo, la liga, la Libertadores, premios individuales… ese equipo marcó mi carrera para siempre, y en la final nos fuimos a penales, tapé uno y ahí fuimos campeonas.”

 

 

Ese título no solo representó un logro colectivo, también la colocó en una dimensión distinta dentro del fútbol femenil, abriéndole puertas hacia Europa. Finlandia y España aparecieron en su camino como escenarios completamente distintos, tanto en lo futbolístico como en lo cultural. Adaptarse no fue sencillo, pero cada experiencia sumó elementos a su crecimiento, permitiéndole entender el juego desde otras perspectivas, desde el choque físico del norte europeo hasta la técnica del fútbol español.

“En Finlandia era un fútbol más de choque, más físico, mientras que en España era más de toque, más técnico, y al final uno aprende de todo, cada experiencia te deja algo.”

Cuando parecía que todo seguía una línea ascendente, apareció una lesión en un momento clave, justo antes del Mundial. Tenía incluso un preacuerdo con Benfica, pero la prioridad cambió: recuperarse, volver bien y no comprometer su futuro. Lejos de ser un retroceso, fue una pausa estratégica que le permitió llegar en condiciones al momento más importante de su carrera a nivel internacional.

“Tenía un precontrato con Benfica, pero me lesioné y decidí quedarme en Costa Rica para recuperarme bien, pensar en el Mundial y hacer las cosas de la mejor manera.”

El siguiente capítulo la llevó a México, primero con Atlas y posteriormente con Mazatlán, donde ha seguido construyendo su historia en la Liga MX Femenil. Su llegada no fue casualidad, sino parte de una decisión consciente por competir en una liga en crecimiento, más cercana a casa y con nuevos retos deportivos. En cada equipo ha dejado huella, no solo por su rendimiento, sino por su carácter dentro del campo.

“Yo quería venir a México, sentía que era el momento, y la verdad fue una de las etapas más bonitas de mi carrera, tanto en lo personal como en lo futbolístico.”

Mazatlán femenil, retos y carácter

Su llegada a Mazatlán no fue casualidad, fue una apuesta por seguir creciendo en un entorno distinto, con nuevos retos y responsabilidades. Daniela Solera llegó al club sinaloense con conocimiento previo del proyecto y con la intención clara de competir, de asumir un rol importante dentro del equipo y de aportar desde la experiencia que ya había construido a nivel internacional. En un equipo en reconstrucción, entendió desde el primer momento que el camino no sería sencillo, pero también que ese tipo de escenarios son los que terminan formando a una futbolista.

“Son retos que se asumen, a veces no salen tan bien, a veces salen como los estamos llevando esta temporada, pero al final es parte de crecer como deportista, Dios lo pone a uno en un equipo para aprender.”

En medio de ese proceso, llegó uno de esos momentos que definen a una portera. Un partido ante Tigres femenil, uno de los equipos más dominantes de la liga, puso a Solera frente a una decisión inmediata: salir con todo o permitir el gol. Eligió lo primero. La jugada terminó en expulsión, pero también en una declaración clara de su mentalidad dentro del campo: arriesgar cuando es necesario, asumir consecuencias y priorizar al equipo por encima de todo.

“Tenía que pararla, no podía dejar que hicieran gol… al final el portero se define por una jugada y en ese momento era eso o el gol, entonces tomé la decisión.”

Incluso en ese caos, hubo espacio para lo humano. Al salir del campo, tuvo que entregar sus guantes a una compañera para que tomara su lugar en la portería, un gesto que, aunque pequeño, refleja la dinámica interna de un equipo y la conexión dentro del grupo. Son detalles que no siempre se ven, pero que también construyen identidad dentro de la cancha.

“La verdad sí tenía pensado a quién dárselos, pero cuando volteé ya la habían sacado, entonces las jugadoras decidieron y yo solo se los entregué.”

Hoy, su etapa en Mazatlán se construye desde ahí: desde los retos, desde los errores y aciertos, pero sobre todo desde una convicción que ha sido constante en toda su carrera. Porque si algo ha demostrado Daniela Solera, es que no importa el contexto, siempre va a competir… incluso cuando la jugada exige ir al límite.

Su selección y el inolvidable Mundial

Pero si hay un momento que encapsula toda su historia, ese es el Mundial de 2023. Debutar contra España ya era un reto mayúsculo, hacerlo el día de su cumpleaños lo convertía en algo simbólico, pero atajarle un penal a Jenni Hermoso en ese contexto terminó por sellar una escena que parece escrita para una película. Fue la validación de todo lo recorrido, de cada sacrificio, de cada “no” convertido en impulso.

“Fue mi debut en un Mundial, el día de mi cumpleaños y además tapé un penal… se va a quedar para siempre en mi historia, fue un momento muy especial para mí.”

Hoy, Daniela Solera no es solo una portera internacional, es una narrativa completa de lo que significa resistir, insistir y construir una carrera contra todo pronóstico. Su historia no se explica solo en títulos o estadísticas, se entiende en los trayectos largos, en las decisiones difíciles y en esa capacidad de convertir cada obstáculo en un paso más hacia adelante. Porque si algo ha dejado claro, es que cuando le dijeron que no, ella aprendió a buscar el sí… y lo encontró.