En un país donde miles de niñas y niños crecen sin espacios seguros para jugar, el fútbol sigue encontrando la manera de abrirse paso. No en grandes estadios, sino en calles, terrenos abandonados y comunidades que resisten. Ahí es donde aparece love.fútbol, una organización que ha convertido una idea simple en un movimiento global: usar el juego como herramienta de transformación social.
Kenza Gravois, Oficial de Desarrollo de love.fútbol, lo explica con claridad.
“Love fútbol nace hace 20 años con la visión de que cada niña y cada niño de cada comunidad en el mundo tenga acceso a un espacio seguro para poder jugar, conectar y crecer de manera despreocupada”.
La premisa es directa, pero el problema es profundo. Durante años, el fútbol ha sido accesible en cualquier rincón, aunque no siempre en condiciones seguras.
“Sabemos que los niños van a seguir su instinto, van a querer agarrar una pelota y jugar en donde sea. En muchos casos eso sucede en lugares peligrosos, espacios abandonados o en la calle. Nuestro papel es cocrear, de la mano de las comunidades, canchas deportivas que sean seguras y que fomenten la convivencia y la cohesión social”.
Más que una cancha, un punto de partida
El proyecto se sostiene sobre tres pilares: acceso, comunidad y desarrollo. Pero más allá de los conceptos, lo que cambia es la dinámica social.
“Tenemos tres pilares: el primero es el acceso a un espacio seguro. El segundo es hacerlo de la mano de las comunidades, donde los residentes participan en todo el proceso. Y el tercero es considerar las canchas como plataformas para el desarrollo comunitario. Siempre decimos que es más que un lugar para jugar”.
Ese “más” es clave. Las canchas no solo reciben partidos, también se convierten en centros de encuentro.
“Se vuelven realmente el centro comunitario donde suceden muchas cosas: mercaditos, actividades culturales, encuentros. Eso cambia por completo la dinámica y el tejido social”.

La cancha violeta: jugar también es un derecho
Uno de los proyectos más representativos es la llamada cancha violeta, creada en Ecatepec, una de las zonas más golpeadas por la violencia de género.
“La cancha violeta ocurre en 2023, en una localidad que sufre violencia contra las mujeres. Fue pensada por y para las adolescentes y niñas, para que puedan tener un lugar donde jugar de manera segura y despreocupada”.
El impacto va más allá del deporte.
“Ha beneficiado de manera continua a más de 800 niños, de los cuales más de la mitad son niñas. El objetivo es que se sientan seguras, convivan y crezcan en un entorno distinto, ayudando a cambiar mentalidades desde edades tempranas”.
Cómo el fútbol cambia vidas
Para Gravois, la transformación ocurre en distintos niveles, comenzando por lo individual.
“Los niños acceden a la actividad física, lo que fomenta la salud física y mental. También desarrollan habilidades sociales y mejora su rendimiento académico. El 60% reporta un mejor desempeño escolar”.
Pero el cambio no se queda ahí.
“Los padres se involucran, los vecinos empiezan a comunicarse, surgen líderes comunitarios. Se refuerza la cohesión social”.
Y finalmente, el entorno evoluciona.
“La cancha se vuelve un centro que impulsa más proyectos. Incluso hay casos donde, a partir de la actividad generada, se han pavimentado calles o mejorado servicios en la comunidad”.
Historias que nacen en la cancha
Entre los logros, hay historias que reflejan el verdadero alcance del proyecto.
“Brenda es hoy parte de nuestro equipo, pero empezó como usuaria de una cancha en Gustavo A. Madero. Fue voluntaria, después entrenadora y gracias a un programa pudo capacitarse en el Reino Unido con el Manchester City. Hoy sigue formando nuevas generaciones”.
Y también hay sueños que ya están en el terreno profesional.
“Gloria Sánchez encontró en la cancha un espacio seguro para desarrollar su pasión. Hoy juega en el Club Puebla. Está cumpliendo su sueño y permitiendo que más niñas también puedan soñar”.

Un Mundial… y una oportunidad
Con la mirada puesta en el Mundial de 2026, love.fútbol ve una ventana única.
“El fútbol no se juega solo en los estadios, sino en todos los rincones del país. El Mundial es una oportunidad para visibilizar que todavía hay miles de niñas y niños sin un espacio seguro para jugar”.
El crecimiento del fútbol femenil también juega un papel clave.
“Hoy hay más referentes, más ídolas, pero sigue habiendo una brecha en el acceso. Nuestra meta es derribar esas barreras y reducir esa desigualdad”.
El siguiente paso
En México, la organización cumple una década de trabajo, con más de 21 canchas construidas en cinco estados. Pero la meta sigue creciendo.
“Queremos construir más canchas de la mano de las comunidades. En la Ciudad de México buscamos llegar a 26 para 2026, pero nuestro objetivo es cubrir la necesidad en todo el país”.
Porque al final, el fútbol no es solo un juego. Es una excusa poderosa para cambiar realidades.
“Buscamos que más personas se sumen a este movimiento, que está transformando vidas y comunidades, para construir un México más inclusivo, más seguro y más activo”.